Genealogía del temor porteño
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Genealogía del temor porteño

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12/03/2010 (20:50)
A partir de su investigación sobre el crimen en Buenos Aires hacia el 1900, Lila Caimari analiza el actual pánico al delito. Reconoce continuidades discursivas pero también hondas diferencias entre las figuras sociales que componen la galería del miedo.

OLA DELICTIVA. La queja por la inseguridad opone un pasado plácido a un presente lleno de tensión.

Ya no se puede salir a la ca­lle", "Los nuevos delincuen­tes no tienen códigos", "La justicia es lenta y no castiga lo suficiente", "La policía es inútil y corrupta", "Cuando yo era chico jugaba tranquilo en la vereda"... ¿Cuántas veces al día se oyen estas frases en las ciudades argentinas? Tantas, en efecto, que cuesta dis­tinguir una de otra, medir sus im­plicancias - demanda al Estado, la­mento genérico por la decadencia moral, identificación de un riesgo físico concreto... Asociadas a mu­chas otras, se aglutinan en tramas de sentido común, se filtran en las interacciones más banales, se traducen en mil formas del com­portamiento preventivo.

Están en petitorios vecinales y en testimo­nios desesperados ofrecidos a los movileros de los canales de noti­cias. "Nunca estuvimos peor", di­ce cada reflexión a su manera. Los episodios que las inspiran son ex­cepcionales: cada uno es único en sus detalles y despierta emociones diferentes entre sí. A la vez, tienen una capacidad singular para com­binarse y explicar la realidad. La conversación sobre el crimen or­ganiza el mundo, dijo hace tiem­po la antropóloga brasileña Teresa Caldeira a propósito de la brutal segmentación socio-espacial de San Pablo. (En su reciente libro sobre El sentimiento de inseguri­dad , Gabriel Kessler hace un ex­celente análisis de este fenómeno en el contexto argentino). El orden cósmico violentado por el crimen sólo se restituye cuando ingresa a una narrativa más amplia. No im­porta cuán aguda sea la emoción que la impulsa, esta operación de sentido no es errática, transcurre en el marco de ese gigantesco ar­chivo de figuras y argumentos que subyace a la imaginación social del temor.


El habla del crimen

Acaso la contribución más clara de la historia a la reflexión sobre la cuestión delictiva del presente es la evidencia de que los temas del "habla del crimen" tienen una lar­ga tradición. Se dirá que la historia hace esto permanentemente, que reconstruir genealogías y poner en perspectiva el presente forma parte de su rutina. Pero en este caso, el ejercicio de siempre pro­duce un efecto de extrañamiento más potente, porque la recurren­cia casi perfecta de temas deses­tabiliza uno de los componentes más arraigados y más emotivos del sentido común: el de "antes esto no pasaba". Hoy sabemos que no solamente pasaba mucho más de lo que la memoria regis­tra, sino que todo lamento de una "ola delictiva" (el que aparece en los diarios de fines del siglo XIX, en los de las décadas siguientes y en las que siguieron a ésas) se ha organizado en torno a la opo­sición entre un pasado plácido y un presente colmado de tensión. En otras palabras: que ese contra­punto nostálgico es una estructura permanente de sentido. Y que en torno a él se han ordenado, mu­chas veces, todas las afirmaciones que abren esta nota.


Figuras de la amenaza

La sociedad porteña (que es la más estudiada) ha pasado por otros pi­cos de pánico al delito. A lo largo de la gran ola inmigratoria, por ejemplo, nace toda una galería de figuras de la amenaza: el extranje­ro peligroso, que pone en riesgo la pureza esencial de la nación; el anarquista, que no solamente se niega a nacionalizarse sino que cultiva un proyecto explícito de reversión social; la prostituta, des­velo de la moral burguesa y "auxi­liar" del vicio y el delito; el "ladrón viajero", que se desplaza impune de puerto en puerto y genera los primeros acuerdos policiales in­termetropolitanos para el control de identidades; el inquietante "escruchante" o rompedor de puertas... Esas calles atestadas de recién llegados cobijan amenazas solapadas: el punguista, que apro­vecha la multitud para disimular el robo de carteras; o el cuentero del tío, que despliega sus tretas gracias a la confianza de los más desprevenidos. "Entre desconoci­dos, mejor ejercer la desconfianza sistemática", aconsejan las revis­tas del 900.

La modernización técnica y la expansión del consumo de los años de entreguerras producen una renovación de ese elenco. Gracias al cine, la figura más re­cordada es la del pistolero, ése que –como el Pibe Cabeza– organiza espectaculares golpes con autos y armas automáticas. Emparenta­do con él en su modus operandi está el mafioso: la banda rosarina de Chicho Grande (que la prensa compara con Al Capone) practica el secuestro extorsivo y termina desencadenando la mayor deman­da social de endurecimiento de las penas hasta el caso Blumberg.
Por encima y por debajo de las celebridades del crimen organi­zado hay asaltantes más o menos amateurs y, en el mundo de la "baja" política, matones de comi­té.

A lo largo de estas décadas, las zonas seguras e inseguras del ma­pa mental de los porteños se van delimitando charla a charla: el ba­jo fondo opaco que puntea la grilla de la ciudad moderna y legal, las calles barriales mejor o peor ilu­minadas, ese suburbio "tierra de nadie" que rodea a la capital.

La prensa registra muy gene­rosamente las historias del vicio y la ilegalidad. Lo cual apunta a otro dato: a lo largo de todo el siglo pasado hubo un periodismo co­mercial que se ocupó del crimen, que cultivó una estrecha relación de intercambio informativo con la policía, hizo una selección muy permisiva de los casos cubiertos e ignorados, y tomó decisiones más permisivas aún sobre los recursos (escritos, dibujados y fotográficos) utilizados para montar espectácu­los del espanto y la fascinación vergonzante. Crítica y Caras y Caretas fueron pioneras en este plano, aunque otros diarios y re­vistas compitieron por el "plato fuerte" del día. En los años treinta, la radio ingresa en el relato del cri­men, con reportes que actualizan permanentemente la información sobre las violencias de la calle y una serie de radioteatros basados en los archivos de la policía. Cono­cemos cada vez mejor esa historia, y sabremos más sobre ella en los años por venir.


Leer el presente

Una trama hecha de tantos hilos –la historia de grupos sociales específicos, de las culturas urba­nas, del periodismo, la literatura, la policía, la criminología– incita a renovar muchas preguntas del pasado. Ahora bien: la publicación de estos hallazgos en el contexto de una intensa ola de pánico al de­lito también impone la pregunta por su relación con el presente. ¿Qué nos dicen, a fin de cuentas, sobre el fenómeno actual? Vea­mos. Dicen que no todo lo que parece nuevo es tan nuevo como parece. Bien. Más importante: permite comparar la "cuestión criminal" argentina consigo mis­ma, a pensarla en sus propios tér­minos y avanzar en una recons­trucción que hasta hace poco se evaluaba en relación a sociedades con culturas de la violencia tan diferentes como la norteameri­cana o la brasileña.

También me gustaría llamar la atención sobre lo que los hallazgos de la historia no están diciendo. A saber: que el fenómeno actual no es más que la versión aggiornada de un proble­ma cíclico hecho de repeticiones y déjà vu . Exponer las continuida­des es importante, aunque más no sea por el efecto calmante de la comparación en estas épocas de desproporción retórica. Y ayu­da a desagregar un fenómeno de alta emotividad, clavado en lo urgente y lo inmediato. Pero ese efecto se agota rápidamente si no está acompañado de una reflexión sobre lo que separa a la "cuestión criminal" actual de la que se plan­teó décadas atrás.

Esta distancia salta a la vista con una simple mirada a los con­textos de sentido: por más que las expresiones permanezcan idénti­cas y formen parte de una misma gran familia de reflejos escépticos y defensivos, decir "ya no se puede salir a la calle" o "la policía es co­rrupta" significa cosas diferentes en 1900 y en 2010. "Inseguridad" (un término siempre amplio y polisémico) puede indicar des­orientación ante los cambios de la ciudad, dificultades de adaptación a las lógicas del anonimato, a las mil violencias del espacio público (incluidas las de los "nuevos delin­cuentes"). "Corrupción policial" ha aludido a la intervención en elecciones fraudulentas, la conni­vencia con el pequeño juego clan­destino, el manejo de redes pros­tibularias y muchas cosas más. Tomar en consideración estas di­mensiones es desalojar la noción de un pasado de pureza –la policía siempre fue cuestionada, la calle siempre fue pensada como lugar de riesgo– y es en este sentido que la historia ofrece proporción. Pero proporción no es equivalencia en­tre pasado y presente, ni tampoco invitación a consolarnos recosta­dos en los bálsamos de la larga duración.


Pibes chorros

La figura del "pibe chorro", que hoy preside explícita o implícita las encuestas de victimización de cualquier barrio de cualquier ciu­dad, ilustra bien todo lo que une y separa las estaciones de nuestra galería del temor. No es una fi­gura nueva: se emparenta con el asaltante barrial, e incluso con ese pistolero que en los años veinte aparece descrito en términos si­milares: juventud, amateurismo, implantación en el "Gran Bue­nos Aires", desdén insolente por los códigos del "viejo" delito, uso indiscriminado e imprevisible de la violencia... El pistolero genera ansiedad y agitada condena a sus métodos. Su indiferencia moral es juzgada como el producto más perverso de una sociedad que en su carrera por el enriquecimiento ha dado por tierra con todos los valores. Precisamente porque per­tenece a otro tiempo –por ser el emergente de un naufragio social inimaginable décadas atrás, y no la versión desaforada de la fanta­sía del ascenso– el "pibe chorro" es su descendiente sólo en parte.

Hubo otros transgresores vin­culados a la "cuestión social". Ni criminólogos ni otros técnicos estatales dudaban en usar ese tér­mino para describir el crecimien­to del delito del temprano siglo XX. Los anarquistas "peligrosos" fueron los más conspicuos prota­gonistas de ese pensamiento pe­simista sobre la modernización. También se hablaba de los "niños de la calle" y de la plaga de "lun­fardos". Pero la relación de estos sujetos con la "cuestión social" era diferente a la actual: se trataba de desafíos organizados al proyecto modernizador, o de las deplora­das formas de la marginalidad que generaba una transformación de fuerza arrolladora. Imaginemos por un momento cómo se escribi­rá la historia del "pibe chorro": se dirá que su irrupción reactivó mu­chos temas del delincuente juve­nil previamente disponibles en la imaginación del miedo de los ar­gentinos.

A ellos se agregarán los datos de las inéditas modalidades de exclusión, del paco, las armas, la cumbia villera. Pero quizás lo distintivo del "pibe chorro" no re­sida en este o aquel atributo, sino en su lugar en el gran relato de la sociedad argentina de la vuelta del siglo XXI. A diferencia de sus an­tepasados en el delito y la margina­lidad, su figura dislocada estará en el centro mismo de esa historia.


Fuente: Revista Ñ


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M.


20/03/2010 (22:57)
Seria interesante pensar las causas de exclusión social que determinan la existencia de los pibes chorros, llegan por arte de magia a nuestros lares, descienden de los otros chorros del pasado? o son los deudores entre otros de las políticas económicas que arrojaron a muchos de la red del trabajo y de cierta seguridad social, los que estamos en una mejor condición social o por lo menos tenemos trabajo nos atrincheramos en nuestras pequeñas cosas que no queremos perder, nuestros bienes materiales, mientras el resto transcurre a nuestro alrededor a veces sin querer verlos, hasta que suceden hechos que nos conmueven a todos. Conozco a docentes que participan en planes de reintegro de los chicos al colegio, trabajan intensamente desde ayudar a adolescentes embarazadas u otras problemáticas. por mi parte considero que la educación es lo prioritario para que esto puede en parte solucionarse, por supuesto además de políticas de justa distribución, pero todo esta junto y no parece vislumbrarse una solución cercana. Saludos MVR50

NUNCA ES TRISTE LA VERDAD, LO QUE NO TIENE ES REMEDIO

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